Reglas De Supervivencia

Reglas De Supervivencia

by Nancy Werlin

Paperback(Spanish-language Edition)

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Product Details

ISBN-13: 9788497776066
Publisher: Obelisco, Ediciones S.A.
Publication date: 04/15/2010
Edition description: Spanish-language Edition
Pages: 227
Product dimensions: 5.20(w) x 8.20(h) x 1.00(d)
Age Range: 13 - 17 Years

About the Author

Nancy Werlin is an American writer of young-adult novels. She was born in Peabody, Massachusetts and graduated with a B.A. in English from Yale College. She was a National Book Award nominee for her 2008 book The Rules of Survival, a winner of the Edgar Award for Best Young Adult Novel for The Killer’s Cousin in 1999, and an Edgar award finalist for Locked Inside. Her other books for teens include Impossible, Unthinkable and Double Helix.

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Las reglas de supervivencia de Matt


By NANCY WERLIN

EDICIONES OBELISCO

Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.
All rights reserved.
ISBN: 978-84-9777-606-6



CHAPTER 1

Murdoch


Para mí, la historia comienza con Murdoch McIlvane.

Vi a Murdoch por primera vez cuando yo tenía trece años. Callie tenía once y tú, Emmy, tenías sólo cinco. En aquella época apenas hablabas. Ni siquiera estábamos seguros de si podrías ir a la escuela en otoño, cuando se suponía que debías empezar a ir. No me malinterpretes: sabíamos que eras inteligente. Pero la escuela, bueno, ya sabes cómo son, quieren que todo el mundo se comporte de la misma manera.

Esa noche de agosto en particular, había más de treinta y dos grados y tanta humedad que cada vez que uno respiraba era como si inhalara sudor. Era el cuarto día de una ola de calor en Boston, y el interior de nuestro apartamento en el tercer piso de la casa en Southie se había convertido en una especie de horno. Sin embargo, esa noche nuestra madre tenía una cita (era sábado) y nos había dejado encerrados dentro.

—Quiero que mis niños estén a salvo –había dicho Nikki.

No es que la llave importara. Una vez que Callie y yo te oímos roncar –un pequeño sonido suave que era casi como un suspiro– salimos a la parte trasera deslizándonos por la ventana, bajamos por la escalera de incendios y fuimos a la tienda de Cumberland Farms, que estaba a una manzana de distancia. Queríamos respirar un poco de aire acondicionado y, además, estábamos pensando en tomarnos unos helados. De los rojos. Yo tenía un par de dólares en mi bolsillo de la última vez que había visto a mi padre. Él siempre resultaba útil para conseguir un poco de dinero, y el hecho de que eso fuera prácticamente lo único para lo que servía no me hacía apreciar menos el dinero.

En realidad no era culpa suya; era un inútil. Mi padre le tenía miedo a nuestra madre. Se mantenía alejado. En las contadas ocasiones en las que estuvimos en la misma habitación juntos, él ni siquiera la miraba a los ojos. Yo no lo culpaba mucho por ello. Lo comprendía. Ella era impredecible.

Recuerdo muy bien aquella noche.

—Tenemos que llevarle un helado a Emmy –dijo Callie, mientras sus chanclas sonaban contra el pavimento–. Podemos guardarlo en el congelador hasta mañana.

Gruñí. No me parecía que hubiera suficiente dinero para tres helados, pero si Callie quería sacrificar el suyo por ti, sabiendo que derramarías la mitad sobre tu camisa, era asunto suyo. Para mí ya era bastante duro saber que no podríamos quedarnos mucho rato en la tienda, ni siquiera en la calle, donde a veces corría una brisa proveniente del mar, que estaba a unas manzanas de distancia. Si tú te despertabas y descubrías que estabas sola, posiblemente te asustarías. Decidí que correríamos el riesgo de estar fuera quince minutos. Miré mi reloj; eran casi las ocho y media y el sol todavía no había desaparecido del todo en el horizonte.

Súbitamente, me invadió la duda. Si despertabas ... o si nuestra madre regresaba inesperadamente ...

—No te preocupes. Emmy no se despertará –dijo Callie.

Cuando se trataba de ti, nuestra hermana pequeña, siempre sabíamos lo que el otro estaba pensando.

—Y regresaremos pronto.

—Está bien –dije. Pero tomé nota mentalmente de que debíamos volver en diez minutos, en lugar de en quince. Por si acaso. Y la próxima vez dejaría que Callie fuese a la tienda sola. En realidad, tenía edad suficiente para hacerlo. Me quedaría contigo. O quizás te llevaría conmigo.

Era difícil saber siempre qué era lo menos peligroso para los tres. Pero ése era mi trabajo. Mientras empujábamos la puerta de Cumberland Farms para entrar y éramos recibidos por una gloriosa ráfaga de aire fresco, estaba pensando que un año más tarde –un año y medio– quizás podría salir solo de noche y dejarte a cargo de Callie. Incluso si sólo podía hacerlo de vez en cuando, eso realmente ayudaría. Podría ir al mar por la noche, caminar por la calzada elevada, salir por ahí con algunos de los chicos de la escuela. Quizás incluso podría hablar con esa chica que me gustaba. Si nuestra madre iba a salir de todos modos, pensé, no importaría que yo dejara a las niñas solas. Tendría cuidado de que no estuvieran solas con ella cuando regresara de sus salidas nocturnas de los sábados. Eso no sería difícil, teniendo en cuenta que rara vez volvía a casa antes de las dos o las tres de la madrugada. Cuando volvía.

Entonces lo vi. A Murdoch. Bueno, lo vi, pero no lo vi realmente. Eso ocurrió unos minutos más tarde. Simplemente eché una mirada a la tienda. Había un adolescente en la caja registradora detrás del mostrador de las golosinas. Delante del mostrador había un hombre enorme, con forma de barril, acompañado de un niño pequeño, más pequeño incluso que tú. Y Murdoch (claro que yo todavía no conocía su nombre) y su acompañante (una mujer a la que nunca volví a ver) estaban haciendo cola detrás de ellos.

Callie y yo fuimos directos al congelador de los helados. Justo acabábamos de llegar ahí, cuando comenzó el griterío. Nos giramos rápidamente.

Eran el hombre con forma de barril y el niño pequeño. El hombre había agarrado al pequeño por la parte superior de los brazos y lo había levantado violentamente. Le estaba gritando a la cara mientras las piernas del niño se balanceaban:

—¿Qué acabas de hacer?

El pequeño tenía en sus manos un paquete de caramelos y comenzó a emitir un lamento, su voz era un largo y aterrorizado gemido, y su pequeño cuerpecito se puso rígido.

El hombretón (¿su padre?) lo sacudió con fuerza y continuó haciéndolo.

—¡Yo te voy a enseñar a agarrar cosas sin mi permiso! ¡Gastando mi dinero sin preguntar!

Entonces el otro hombre, el que luego supe que se llamaba Murdoch, se interpuso entre el hombre y su hijo. Arrancó al niño de manos de su padre y lo dejó en el suelo detrás de él. Luego se giró.

Me gusta congelar el recuerdo en mi mente, Emmy, y simplemente contemplar a Murdoch. Era un tipo de hombre mediano. Estatura mediana, complexión mediana, el pelo rapado a ras del cráneo. Uno no debería mirar, dos veces, hasta que uno mira dos veces.

Él no tenía miedo. Lo noté inmediatamente. Ahí estaba ese hombre enorme, enrabiado, enfrentándose a él. Pero este otro hombre, Murdoch, estaba tranquilo, aunque, al mismo tiempo, había una tensión que emanaba de él.

Callie y yo estábamos detrás de Murdoch, hacia su izquierda, de modo que sólo teníamos una visión parcial de su rostro y de su expresión. Pero teníamos una visión completa del hombre con forma de barril. Y podíamos ver bien al niño pequeño, que estaba tan pasmado que dejó de llorar y simplemente se quedó mirando fijamente a la espalda de Murdoch, con la boca abierta.

Entre tanto, de una forma suave pero audible, Murdoch dijo: —Si quiere hacerle daño a alguien, puede hacerme daño a mí. Adelante. Pégueme. Yo no le devolveré el golpe. Puede hacerlo hasta que deje de estar enfadado. Dejaré que lo haga.

Eso duró unos interminables cinco segundos. Los ojos del padre se salían de su órbita. Tenía los puños apretados. Retiró un brazo. Pero Murdoch todavía lo estaba mirando de una forma directa, y supe que, aunque había dicho que no le iba a pegar, deseaba hacerlo. Quería hacerle daño.

Me gustó por eso. No, Emmy, lo adoré por eso. Inmediatamente.

—Pégueme –dijo Murdoch–. Vamos. Mejor a mí que al niño. ¿Por qué no? Usted quiere hacerlo.

Y entonces todo acabó. El hombre pestañeó y dio un paso atrás. Dijo algo en voz alta acerca de haber tenido un día difícil y que no le hacía ningún daño a un niño aprender a controlar sus manos. Y Murdoch asintió, aunque supuse que estaba pensando lo mismo que yo acerca de ese hombre. Pero Murdoch le dio la espalda al padre, como su hubiese dejado de ser una amenaza, y se puso de rodillas delante del niño.

Pude oler el miedo del niño flotando en el aire acondicionado viciado de la tienda. El pequeño echó una mirada furtiva al hombre grande que estaba detrás de Murdoch y me di cuenta de lo que estaba pensando: «Tendré que pagar por esto más tarde».

Pero Murdoch le habló directamente al niño:

—Está mal que cualquier persona te haga daño. No importa quién lo haga, está mal. ¿Te acordarás de esto?

Los ojos del niño se habían vuelto inmensos. Volvió a mirar a su padre. Luego miró a Murdoch otra vez. Entonces asintió con la cabeza.

—¿Te acordarás de esto? –insistió Murdoch–. No tienes que hacer nada más. Sólo tienes que recordarlo.

Esperó.

El niño asintió con la cabeza. Solemnemente.

—Bien –dijo Murdoch.

El niño alargó la mano en dirección a él. Dentro de ella se encontraba el paquete de caramelos. Murdoch lo agarró y dijo: —Gracias.

Se puso de pie con un movimiento suave. Dejó el paquete de caramelos sobre el mostrador. Pero sus ojos no dejaron de mirar al niño. El pequeño también lo miraba continuamente, mientras el hombre grande terminaba de pagar sus cosas y luego arrastraba al niño fuera de la tienda.

Cuando la puerta se cerró de un golpe detrás de ellos, hubo un absoluto silencio en la tienda. Entonces fue cuando me di cuenta de que Callie había agarrado mi mano y la estaba apretando.

—¿Hola? –dijo la mujer que estaba con Murdoch–. ¿Hola?, ¿Murdoch? Deberías haber pensado en mí. ¿Y si hubiese habido una pelea fuerte y me hubiesen hecho daño? ¿En qué clase de acompañante te convertiría eso? ¿Eh? ¿Murdoch? ¿Me estás escuchando? ¡Murdoch!

Murdoch, pensé, era un nombre que jamás había oído. Un nombre raro.

Le pegaba.

Murdoch no respondió. Sus ojos se entrecerraron hasta convertirse en dos rajas. Levantó el paquete de caramelos y le dijo al vendedor adolescente:

—Me llevo éstos. Y un café helado.

La mujer suspiró y se encogió de hombros. Dio un paso para acercarse más a Murdoch, pero él, sin siquiera mirarla, dio un paso atrás.

Hay otro momento grabado en mi recuerdo de aquella noche: Mientras se acercaba hacia la puerta para salir, Murdoch se volvió. Nos lanzó el paquete de caramelos, solapadamente, a Callie y a mí. Nos sonrió mientras lo hacía, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Y no estaba pensando en nosotros, en absoluto; ni siquiera nos estaba mirando realmente. Me di cuenta de eso. Al menos no como había mirado a aquel niño pequeño.

Todavía emitía ese latido invisible de ... fuese lo que fuese.

Todavía estaba enfadado.

Entonces desapareció.

CHAPTER 2

Acerca del miedo


No sé si entenderás esto, Emmy, pero para mí el miedo no es algo realmente malo. Es un instinto primitivo que es tu amigo. Te advierte que debes estar atento, porque estás en peligro. Te dice que hagas algo, que actúes, que te salves.

Hace poco leí un libro sobre esto. Si me lo recuerdas, te lo prestaré. El tipo que lo escribió es un experto en seguridad, la clase de persona que los famosos y los políticos contratan para que los protejan de los locos. Él dice que la capacidad de tomar conciencia del miedo es un don. Que si honras ese don, si te das cuenta cuando tienes miedo y respondes a tu miedo en lugar de ignorarlo, estarás más a salvo. Corre, dice, corre cuando tu miedo te diga que lo hagas.

Pero no habla de lo que le ocurre a tu don del miedo cuando vives con ese sentimiento todo el tiempo.

Recuerdo una noche, cuando era pequeño. Esperé a que mi madre se hubiese ido dormir y entonces entré furtivamente en la cocina. Allí había un paquete de galletas Oreo. Mi plan era coger una y llevármela a la cama. Ella no notaría que faltaba una galleta, ¿o sí? La comería en silencio. Y me aseguraría de que no quedara ni una miga como prueba del delito.

Llegué hasta mi cama con la galleta. Estaba debajo de la sábana, formando una pequeña tienda de campaña, con la galleta plana sobre la palma de mi mano y la nariz presionada contra ella ... cuando nuestra madre tiró de la manta hacia atrás.

—¡Ladrón! –gritó–. ¡Ladrón de galletas! –y empezó a reírse tontamente.

Tenía un gran cuchillo de cocina en la mano y lo presionó contra mi garganta. Y mientras reía, pude sentir cómo temblaba el cuchillo en sus manos y cómo ella lo empujaba contra mi piel.

Esa noche me cortó. Sólo un poco.

Lo justo para enseñarme a no robar y a no moverme a hurtadillas.

Eso es lo que creo que ocurre cuando vives con miedo, y creo que eso nos ocurrió a mí, a Callie y a ti, a pesar de lo pequeña que eras. Creo que el miedo te entra en la sangre. Hace que tus partículas subatómicas se tuerzan y se distorsionen. Uno cambia químicamente. El miedo también se transforma. Deja de ser tu ayudante y se convierte en tu amo. Eres su esclavo.

Obviamente, no soy un científico. Ni siquiera estoy seguro de si habría aprobado química en undécimo grado si Callie no me hubiese ayudado. Pero sé que no soy quien se suponía que era, quien podría haber sido, y sé que es porque tuve demasiado miedo durante demasiado tiempo. Eso hizo que pensara en cosas en las que nunca debería haber pensado.

Aprendí a vivir con miedo. Aprendí a funcionar con él. Todos lo hicimos. Quizás fuera eso lo que reconocí en Murdoch aquella noche. Quizás fuera eso lo que me atrajo hacia él. No tenía miedo. O, si lo tenía, de todos modos actuaba.

Sí. Cuando la mayoría de la gente no hubiera hecho nada, él actuaba.

En todo caso, estuve ahí, en esa pequeña tienda, aquella noche calurosa de verano. Me quedé mirándolo fijamente y pensé: «Tengo que conocer a este hombre». Hay una palabra para ese sentimiento, Emmy. Se llama obsesión.

Estuve obsesionado con Murdoch, Emmy, durante meses, incluso antes de que nuestra madre empezara a salir con él. De hecho, de no haber sido por mí, ella jamás lo hubiera conocido.

CHAPTER 3

Mi primer recuerdo


Yo debía de tener tenido unos cuatro años, lo cual quiere decir que Callie debía de tener unos dos años, o un poquito más. Ella dormía en el otro lado de la habitación, en su cuna. Tú, Emmy, todavía no existías.

No sé qué hora era. Era plena noche y, de repente, estaba despierto. Todos mis músculos estaban rígidos. Estaba escuchando mientras en el otro extremo del departamento, sin hablar ni gritar, nuestra madre empezó a golpear una de las sillas de la cocina repetidamente contra la pared.

Y luego otra vez.

Claro que, en aquella época, yo no sabía qué era lo que ella estaba haciendo exactamente. A la mañana siguiente, entré en la cocina y vi las sillas en trozos astillados por todo el suelo, bajo un enorme agujero en el yeso de la pared. Por la noche, sin embargo, no sabía qué estaba ocurriendo, ni por qué, ni siquiera exactamente dónde. Pero sabía quién estaba haciéndolo: mamá. Y eso era lo único que importaba.

No recuerdo haber tenido ninguna sensación de sorpresa. Lo que recuerdo es la conciencia de que tenía un trabajo que hacer. Callie ya había despertado y estaba empezando a gimotear, y yo sabía que pronto empezaría a chillar. Nuestra madre la oiría ... y se acordaría de nosotros.

Salí sigilosamente de mi cama. Hice funcionar el mecanismo para bajar el lado de la cuna de Callie que tenía listones. Me encaramé y pasé encima de él. Agarré a Callie y la abracé. Le susurré:

—Shhhh, Callie. Shhhhh.

Al abrazar a Callie mientras ella se retorcía y gritaba contra mi hombro, y al ver que finalmente se callaba, tuve esperanzas. Esto todavía no había acabado, pero me estaba yendo bien. Estaba asegurándome de que los sollozos de Callie no se oyeran fuera de nuestra habitación, por encima de los golpes metódicos, decididos, que provenían de la cocina. Recuerdo que pensé que, si tenía suerte, a Callie y a mí nos dejaría en paz, olvidados. Mi tarea consistía en intentar que eso ocurriera.


(Continues...)

Excerpted from Las reglas de supervivencia de Matt by NANCY WERLIN. Copyright © 2010 Ediciones Obelisco, S. L.. Excerpted by permission of EDICIONES OBELISCO.
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Table of Contents

Contents

1. Murdoch, 11,
2. Acerca del miedo, 17,
3. Mi primer recuerdo, 19,
4. Buscando a Murdoch, 21,
5. Mi regalo de cumpleaños, 24,
6. Nicole (Nikki) Marie O'Grady Walsh, 27,
7. Paella de mariscos portuguesa, 29,
8. Un verano milagroso, 34,
9. En las rocas, 38,
10. El sueño de Callie, 44,
11. La ruptura, 46,
12. Diversión, diversión, diversión, 51,
13. Los padres, 57,
14. Las cosas normalmente salen bien, 61,
15. Las reglas de supervivencia de Matt, 66,
16. Una oración, 68,
17. «Contarlo», 73,
18. El plan de Callie, 75,
19. Demonios, 80,
20. La iglesia, 83,
21. Inmediatamente después, 89,
22. Tía Bobbie, 92,
23. El duelo, 94,
24. El vecino, 99,
25. Los demonios de Murdoch, 104,
26. Propiedad, 112,
27. Mentirosa, 117,
28. Liberarnos de ella, 121,
29. Aliados, 125,
30. Sin tener a donde ir, 129,
31. Hermanas, 133,
32. Julie Lindemann otra vez, 136,
33. El nuevo Benjamin Walsh, 139,
34. Callie, 144,
35. Una Navidad en familia, 146,
36. Nochebuena, 150,
37. Los hombres son idiotas, 155,
38. Un accidente, 160,
39. El precio de la libertad, 163,
40. Reunión familiar, 166,
41. Una habitación propia, 170,
42. Los adultos, 171,
43. Los regresos, 177,
44. Ese regreso a casa, 179,
45. Zona de guerra, 183,
46. La pataleta, 186,
47. Mi culpa, 189,
48. Número desconocido, 192,
49. El puerto de Boston, 195,
50. El O.K. Corral, 199,
51. Como yo, 204,
52. Mi promesa, 207,
53. P. D, 210,
Agradecimientos, 219,
Guía de debate de las reglas de supervivencia de Matt, 221,

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