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by Ted Dekker, Tosca Lee

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Overview

En el año 2005, especialistas en Genética descubrieron el gen humano que controla el temor innato y adquirido. Se denominó Estatmina u Oncoproteína 18. En 15 años se identificaron de forma similar todos los genes que influyen en las principales emociones. 

Cerca de una década después, tras una guerra catastrófica que destruyó gran parte de la civilización, la humanidad prometió renunciar a todo lo que había conspirado para su destrucción. De las cenizas surgió un nuevo mundo del que fueron eliminadas las tecnologías avanzadas y las emociones apasionadas que llevaron a su ruina. Un mundo sin odio, sin malicia, sin aflicción, sin ira.

En general, la única emoción que genéticamente se permitió sobrevivir fue el temor. Durante 480 años, reinó la paz perfecta.

Hasta ahora...

Product Details

ISBN-13: 9781602557796
Publisher: Grupo Nelson
Publication date: 05/28/2012
Sold by: HarperCollins Publishing
Format: NOOK Book
Pages: 384
File size: 801 KB

About the Author

Ted Dekker, autor de más de veinticinco novelas, es un autor de mayor venta del New York Times. Es reconocido por novelas que combinan historias llenas de adrenalina con increíbles confrontaciones entre el bien y el mal. Vive en Texas con su esposa y sus hijos. Twitter @TedDekker, facebook.com/#!/teddekker.

Ted Dekker, autor de más de veinticinco novelas, es un autor de mayor venta del New York Times. Es reconocido por novelas que combinan historias llenas de adrenalina con increíbles confrontaciones entre el bien y el mal. Vive en Texas con su esposa y sus hijos. Twitter @TedDekker, facebook.com/#!/teddekker.

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PROHIBIDO


By TED DEKKER TOSCA LEE

Grupo Nelson

Copyright © 2011 Ted Dekker
All right reserved.

ISBN: 978-1-60255-778-9


Chapter One

NUNCA HABÍA CADÁVER.

Ni siquiera en un funeral. Los dolientes se sentaban de lado uno junto al otro sobre las rígidas bancas para no mirar directamente al ataúd vacío y al destino que se cernía sobre todos ellos. Todos sabían que al morir el cuerpo ocurriría solamente una de dos cosas, un resultado más probable que el otro.

El terrible final, por supuesto.

Rom, de veinticuatro años e hijo de Elías Sebastián, se sentó en una banca en la parte trasera. Era un hombre sencillo en todos los aspectos. No es que no fuera atractivo, pero en realidad tampoco era agraciado según las normas del orden, que reservaba la verdadera belleza para los miembros de la realeza.

El joven ya había cantado en homenaje a la vida del difunto. Cantar para los muertos era un trabajo humilde pero noble. Humilde porque la vida de cualquier artista era humilde ... ya que solo por la gracia de Sirin, quien había escrito acerca de los méritos educativos de las artes, los artesanos encontraban algo de trabajo en un mundo impasible ante los dones creativos. Noble porque estar cerca de los muertos era un asunto temible para la mayoría de personas. Pero a Rom no le importaba. Necesitaba el trabajo, y los muertos necesitaban sus oficios religiosos.

Concluido su trabajo, Rom dobló a lo largo el programa del funeral mientras esperaba un buen momento para marcharse desapercibido. Allí, en el borde superior, estaba el nombre del difunto: Lucas Tavor. Rom dobló de nuevo el papel; ahora se veía la edad de Tavor: sesenta y ocho. No muy viejo en este mundo adelantado en que se podía llegar a vivir ciento diez o ciento veinte años.

El joven lanzó una mirada al ataúd vacío tendido sobre la estructura metálica entre las columnas frontales de la Gran Basílica. Esta era una de las basílicas más estupendas de la ciudad, en opinión de Rom ... no debido a su tamaño, ya que no era de las más grandes, sino al intricado vitral encima del altar.

Todas las basílicas ostentaban sus tesoros, pero esta representación de Sirin, el martirizado padre del orden, era más exquisita que las demás. Las innumerables rayas circundantes de la aureola se extendían como un agrietado estallido de sol por encima de la cabeza, incluso en un día gris. Esta era la representación universal de la paz, una imagen inspiradora del hombre que había predicado libertad de los excesos de la vida moderna y de las trampas de la emoción.

La mano derecha de Sirin acunaba una paloma. La izquierda reposaba en el hombro de un segundo hombre: Megas, quien sostenía el empastado Libro de las Órdenes, canonizado bajo su gobierno. Toda basílica alojaba la misma imagen, pero ninguna tan elaborada como esta.

El sacerdote se hallaba de pie detrás del altar, mientras se le reflejaban ligeramente sobre los hombros los sistemáticos rayos de la aureola de Sirin. Dos clérigos se encontraban a los costados del estrado mientras el religioso alisaba las páginas del Libro de las Órdenes sobre su pedestal.

—Nacidos una vez, a la vida, somos bendecidos.

—Somos bendecidos — repitió la asamblea, de unos cincuenta en total.

Sus murmullos se levantaron como espectros hasta la bóveda arqueada en lo alto.

—Agrademos al Creador a través de una vida de diligente orden.

—Agrademos al Creador.

Las bocas de los clérigos se movían con las de la congregación. Más allá de ellos, sobre el estrado, los braserillos de plata que exhalaban incienso a través de la asamblea colgaban vacíos sobre sus cadenas.

—Sabemos por medio de su orden que el Creador existe. Si agradamos, hemos de nacer en la otra vida, no en temor, sino en felicidad eterna.

Felicidad. Ausencia eterna de temor ... o eso se decía. Aunque Rom era menos dado a temer que la mayoría, necesitó algún pensamiento abstracto para imaginar que no lo tocara para siempre al menos algún aspecto de esa emoción.

Se decía que existieron otras emociones antes de que la especie humana evolucionara, pero estas también eran muy difíciles de imaginar. Estas sensaciones de una época más vil, igual que tumores extirpados, nunca volvieron a aparecer; la humanidad resistió finalmente la plaga negra que casi la había destruido.

Rom no estaba seguro de conocer siquiera las palabras que describían a todas esas emociones. Y las que conocía no le proporcionaban ningún sentido. Por ejemplo, la palabra arcaica pasión. Por mucho que intentaba entender esto, solamente lograba evocar ideas de varios grados de temor. U otra sensación: tristeza. ¿Qué era eso? Era como tratar de imaginar cómo sería la vida si él nunca hubiera nacido.

No importa. La única emoción que sobrevivía en la humanidad concedía orden en esta vida y la posibilidad de felicidad en el más allá. Sin embargo, solo imaginar tal futuro bastaba para producirle un dolor de cabeza.

Frente a Rom, un muchacho de cabello rizado se dio la vuelta en la banca. Con los dedos metidos en la boca miraba con ojos saltones mientras Rom seguía doblando el papel del programa y levantaba la pequeña obra para que el muchacho pudiera ver aquello que estaba tomando forma entre los dedos.

Un panegirista se acercó al podio, con una página impresa en la mano. Las cabezas de los reunidos estaban fijas ahora en ese ataúd vacío, ya sin poder desviar la mirada.

—Lucas Tavor tenía sesenta y ocho años de edad — leyó el hombre.

—Se cayó —susurró una mujer joven dos bancas más allá; la poderosa acústica de la basílica transportó las palabras hasta Rom—. Se fracturó la cadera. Uno de sus hijos lo encontró un día después del accidente.

Era fácil suponer el resto de la historia. Bajo los auspicios de la Autoridad de Transición, desde hacía tiempo, la sociedad había adoptado la costumbre de transferir a un asilo a enfermos, heridos graves y personas débiles. Allí los humanos más cerca de la muerte que de la vida podían pasar los días que les quedaban, ahorrándoles a sus seres queridos el burlón recordatorio del manto inevitable de la muerte. Además, nunca había un cadáver en un funeral, porque aquel por quien se hacía el funeral a menudo no había muerto.

No técnicamente, al menos.

Rom se puso de pie y ajustó la correa de su mochila. Deslizándose en la banca, ofreció la concluida grulla de papel al muchacho, quien la aceptó con dedos húmedos.

Ya en el exterior, sobre las gradas de la basílica, la ciudad se extendía ante él, concreto gris debajo de las amenazantes nubes en las últimas horas de la tarde. En cada una de las siete colinas de la ciudad, los capiteles y las torrecillas de los centenarios edificios pinchaban el cielo como muchísimas agujas atravesando un forúnculo.

Esta era Bizancio, la ciudad más grande de la tierra, con quinientos mil habitantes, y hogar para tres mil de los veinticinco mil personajes de la familia real en el mundo, quienes habían llegado de todos los continentes para servir en asuntos gubernamentales y estatales. Este era el centro del planeta, hacia donde se dirigían todas las miradas en asuntos políticos y religiosos, sociales y económicos. Era la sede del poder ante el cual habían condescendido todos los dominios terrenales desde el fin de la era del Caos quinientos años atrás, cuando el mundo se había doblegado ante las grandes potencias de Estados Unidos y Rusia.

Caos. Casi los había matado a todos. Pero la humanidad aprendió de sus errores, y el Año Nulo había señalado un nuevo comienzo para un nuevo mundo depurado de pasiones destructivas. La paz había gobernado en los cuatrocientos ochenta años desde entonces, y Bizancio era el centro de toda ella.

La ciudad estaba más poblada que de costumbre mientras se preparaba para organizar la toma de posesión de la soberana del mundo, Feyn Cerelia, hija del actual soberano, Vorrin, de la familia real Cerelia. Nunca antes un futuro soberano había sido descendiente directo de un soberano en el gobierno, y, sin embargo, la mano fortuita del destino estaba a punto de cambiar la historia. Por tanto, la toma de posesión de Feyn Cerelia era considerada un acontecimiento particularmente propicio, que inflaría durante varios días la población de Bizancio a casi un millón.

La imagen de Feyn ya había engalanado las banderas y los edificios de la ciudad durante meses. Por semanas enteras, los vagones de trenes habían traído equipo de construcción, barricadas y alimentos de todas partes del mundo a fin de aprovisionar a Bizancio para la ocasión. Los autos negros pertenecientes a los nobles de la familia real y sus servidores habían llegado a ser algo común en calles no acostumbradas a la congestión motorizada. No había habido producción masiva de automóviles desde la era del Caos, y ninguna carretera más allá de la ciudad estaba suficientemente intacta para justificar el exorbitante costo de los vehículos. Los negocios realizaban su comercio por ferrocarril, tren subterráneo, cochecitos tirados por hombres o mensajeros privados. El mismo Rom nunca había conducido un auto.

Él miró por la calle hacia el occidente. En cinco días, todo el tráfico sería bloqueado en un radio de kilómetro y medio de la Gran Basílica cerca de la Fortaleza. Los equipos de construcción habían pasado ya una semana levantando las altas tarimas en cada lado de la vía de los Desfiles, por la cual viajaría la nueva soberana montada en uno de los caballos sementales de la realeza. Todos los demás miembros de la familia real y ciudadanos asistentes se aproximarían también a la toma de posesión en orden formal, a pie.

Más allá de la ciudad, hacia el oriente, la región recóndita se expandía hacia el mar. El territorio había cambiado a causa del polvillo radioactivo de las guerras, testimonio del Caos. La que una vez fuera tierra de agricultura ahora era árida e inadecuada para producir los alimentos de los que vivían los habitantes de Bizancio. La erosión había delineado nuevos cañones sobre la estéril superficie de un campo antes exuberante y fértil. Por tanto, la ciudad dependía de las provisiones de Europa Mayor hacia el norte y de sus hermanas más fértiles: Sumeria al oriente, Russe al noreste y Abisinia al sur. Estos territorios antiguos, una vez mejor conocidos como Europa, Oriente Medio, Rusia y África, proveían de buena gana para Bizancio, la ciudad que una vez se llamara Roma. Sus aportes constituían el diezmo al Orden, un pequeño precio que pagar para vivir en paz.

Hacia el sur de Bizancio yacían las ciudades industriales que casi alcanzaban la costa, conectadas solo por ferrocarril, con sus carreteras tan destrozadas como el paisaje mismo.

Tan solo en el último siglo la tierra había mostrado indicios de verdadera recuperación. Crecían árboles a lo largo de ralos lechos de riachuelos y en algunos lugares las hierbas habían rescatado el suelo. Hoy el campo estaba escasamente punteado por fincas y establos de gente de la realeza que deseaba escapar de los confines de la ciudad en busca de terrenos con matorrales verdes. Esto brindaba muy poca paz, pero cualquier cosa que redujera el temor era un respiro bienvenido.

Rom había oído que la ciudad fue un lugar de luz en una época: de sol en el día y lámparas en la noche, como gemas brillantes esparcidas sobre un fondo de terciopelo. Televisores y computadores conectaban a todos. Los aviones entrecruzaban el cielo.

Los ciudadanos poseían armas.

Ahora la electricidad personal estaba racionada. Los televisores se veían en lugares públicos, y solo para uso estatal. Muchos tenían teléfonos, pero las computadoras estaban restringidas para uso gubernamental. Los aviones, reservados para empresas reales, eran una vista extraña en el cielo encapotado de Bizancio. Y las únicas armas de fuego en el mundo se hallaban solo en museos.

Un farol chisporroteaba en lo alto y Rom volvió la mirada hacia el cielo. No, no se trataba de un farol, sino relámpagos arremetiendo contra el río Tibron. Rom se ajustó más la mochila y descendió corriendo los limpios escalones hacia la calle.

Para cuando llegó al metro había comenzado a llover. Bajó a toda prisa las gradas de concreto al interior del viciado calor del subterráneo y fue recibido por la luz eléctrica de la estación, el lento tráfico peatonal, y los chirriantes frenos de un tren que se aproximaba.

La ruta a casa incluía un trayecto de cinco minutos hacia la terminal central y luego un viaje de veinte minutos al sureste. Había tiempo suficiente para sacar su libreta y componer los nuevos versos de una canción para el funeral en que cantaría la semana entrante. Pero aun después de volver a poner el bolígrafo en el bolsillo, el texto parecía inadecuado, demasiado similar a la canción que había cantado hoy.

Eso era de esperar. Si había algo que no había evolucionado desde el Año Nulo, era el arte. Como artesano, Rom comprendía que, debido a la pérdida de las musas emocionales, la creatividad se había sofocado tanto en el arte como en la cultura. Hasta las sutilezas del idioma habían permanecido relativamente inmutables. Un pequeño precio a pagar por el orden. Pero, de todos modos, un precio.

Rom salió del metro a seis cuadras de su casa, abriéndose paso en medio de las expresiones distraídas y preocupadas de quienes descendían al interior de la estación. Una llovizna constante salía desde un cielo gris más claro en lo alto; hacia el norte, los definidos bordes del horizonte que el hombre acababa de dejar se habían ensombrecido a causa del velo de un adecuado aguacero.

El tráfico peatonal era escaso. Quienes estaban afuera corrían hacia sus destinos debajo de sombrillas y periódicos. En la calle, el solitario auto oscuro de un miembro de la realeza pasó a toda velocidad, lanzando un arco de agua hacia la acera.

Rom agachó la cabeza y se ajustó aun más la chaqueta alrededor del cuerpo. La lluvia ya le bajaba por las puntas húmedas del cabello y le entraba a los ojos. Se mantuvo bajo los aleros de los negocios antes de entrar en un callejón estrecho entre la extensa pared de ladrillo de un antiguo teatro y un albergue abandonado.

Hoy, Rom había hecho su trabajo con diligencia. Se había ganado su modesta vida. Se había congregado ya tres veces esta semana, pero volvería a hacerlo mañana, una cuarta vez, a causa de Avra.

Avra, su amiga de la infancia, quien evitaba ir a la basílica. Avra, con su mirada serena y su corazón temeroso. El acto de presencia de Rom había sido un pacto entre ellos por años, ¿y por qué no? A él no le costaba nada ir en vez de ella, y aunque quizás los sacerdotes no lo tolerarían, podría significar una diferencia para el Creador. De todos modos esta era la única oportunidad de la muchacha.

Rom estaba pensando en los atribulados ojos marrones de su amiga cuando una voz sonó detrás de él.

—¡Hijo de Elías!

El grito resonó contra los ladrillos cubiertos de hongos, por encima del golpeteo de la lluvia. Rom se volvió y miró a través de la ligera llovizna. Una figura escuálida se tambaleaba en medio del estrecho callejón, con el largo y andrajoso abrigo agitándose húmedamente detrás del sujeto. Tenía la mirada fija en Rom.

Hijo de Elías. A Rom no lo habían llamado así en años. —¿Le conozco? — preguntó Rom entrecerrando los ojos en medio de la lluvia.

Ahora el viejo estaba tan cerca que Rom podía verle las cejas entrecanas y las mejillas hundidas, el cabello canoso pegado contra la cabeza. Podía oírle la jadeante respiración. El hombre acortó la distancia entre ellos con sorprendente velocidad y agarró a Rom por los hombros. Los delgados párpados totalmente abiertos.

—¡Eres tú! — exclamó el extraño en tono áspero entre respiraciones jadeantes, mientras las comisuras de los labios se le llenaban de saliva.

El primer pensamiento de Rom fue que el hombre se las había arreglado para escapar de la Autoridad de Transición y que estaba huyendo de las escoltas del asilo. Sin duda era bastante viejo. Y era obvio que estaba loco.

Pero el hombre conocía el nombre del padre de Rom, a quien un pequeño indicio de temor le recorrió la piel. ¿Qué pasaba con este

viejo?—¡Eres tú! — repitió el anciano—. Nunca creí volver a poner los ojos en Elías, pero, por el Creador, ¡te pareces mucho a él!

Dos hombres giraron en la esquina del callejón y corrieron hasta donde Rom se hallaba con el anciano. En medio de la monótona salpicadura de la lluvia casi parecía verse que esos individuos usaban el uniforme plateado y negro de la guardia de la Fortaleza. Extraño. La jurisdicción de ellos era la Fortaleza misma, al otro lado de la ciudad. Tal vez debido a la toma de posesión ...

(Continues...)



Excerpted from PROHIBIDO by TED DEKKER TOSCA LEE Copyright © 2011 by Ted Dekker . Excerpted by permission of Grupo Nelson. All rights reserved. No part of this excerpt may be reproduced or reprinted without permission in writing from the publisher.
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