Deje Que Los Alimentos Sean Su Medicina (Let Food Be Your Medicine): Cambios Dieteticos Demostrados Para Prevenir O Revertir Enfermedads (Dietary Changes Proven to Prevent or Reverse Disease)

Deje Que Los Alimentos Sean Su Medicina (Let Food Be Your Medicine): Cambios Dieteticos Demostrados Para Prevenir O Revertir Enfermedads (Dietary Changes Proven to Prevent or Reverse Disease)

by Don Colbert MD

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Overview

La mayoría de nosotros pensamos que a Dios no le preocupa lo que comemos, pero la Biblia en realidad ofrece una gran perspectiva e instrucción sobre los efectos de los alimentos en nuestros cuerpos.
En "Deje Que Los Alimentos Sean Su Medicina", el Dr. Colbert presenta un método revolucionario de desintoxicación de azúcar, combinado con una forma antiinflamatoria de la dieta mediterránea modificada que resuelve un amplio espectro de enfermedades, como diabetes, enfermedades cardíacas, demencia, cáncer y osteoartritis. Solo imagine: entender cómo la comida por sí sola puede producir claridad mental, peso equilibrado y longevidad. Incluye planes de comidas y recetas.

Most of us think God is not concerned with what we eat, but the Bible actually offers great insight and instruction about the effects of food on our bodies. In LET FOOD BE YOUR MEDICINE, Dr. Colbert introduces a revolutionary sugar detox method, combined with an anti-inflammatory form of the modified Mediterranean diet that resolves a broad spectrum of diseases, including diabetes, heart disease, dementia, cancer, and osteoarthritis. Just imagine - understanding how food alone can produce mental clarity, balanced weight, and longevity. Includes meal plans and recipes.

Product Details

ISBN-13: 9781683972051
Publisher: Worthy
Publication date: 07/24/2018
Sold by: Hachette Digital, Inc.
Format: NOOK Book
Pages: 308
Sales rank: 953,539
File size: 1 MB
Age Range: 3 Months to 18 Years

About the Author

Dr. Don Colbert has been board-certified in Family Practice for over 25 years and practices Anti-aging and Integrative medicine. He is a New York Times best- selling author of books such as The Seven Pillars of Health, What Would Jesus Eat, Deadly Emotions, What You Don’t Know May be Killing You, and many more with over 10 million books sold. He is the Medical Director of the Divine Health Wellness Center where he has treated over 50,000 patients. He is also an internationally known expert and prolific speaker on Integrative Medicine. He and his wife, Mary, now reside in Orlando, Florida.

Read an Excerpt

CHAPTER 1

MI VIAJE

El Capítulo Uno marca el comienzo de la Sección Uno y la búsqueda de respuestas. Detalla mi propio viaje, cómo casi morí y cómo me vi forzado a ir por mi propio camino hacia la sanidad. Este es el mismo camino por el que dirijo a mis pacientes, ¡solo que ahora es más rápido y más barato! Este viaje es el fundamento de mi creencia en que la alimentación puede ser mi medicina ¡y mi medicina puede ser mi alimentación!

Don Colbert, MD

CAÍDO PERO NO ELIMINADO

NO ERA LA GRAN COSA. Era el año 1983, yo estaba en mi tercer año de medicina y estaba fuerte como un roble. Tuve que correr una carrera de cinco kilómetros (tres millas) en mi universidad como parte de nuestro programa de aptitud física.

El clima no era el mejor ese día. Hacía unos 32° C (90° F) y había mucha humedad. No era demasiado inusual para los veranos de Oklahoma, así que la carrera siguió adelante como se había planeado.

Si terminaba la carrera logrando un buen tiempo, me permitiría no volver a correr esa carrera hasta el año siguiente, y como estudiante de tercer año, no tenía mucho tiempo libre. Imaginé que seguiría de cerca a mi compañero de clase, ávido corredor, terminaría la carrera con una buena velocidad, y cerraría este asunto. No era la gran cosa.

Comenzó la carrera y dimos vueltas al estadio de béisbol muchas veces. En la última vuelta, a unos setenta y cinco metros de la línea de meta, algo me sucedió en las piernas. Comencé a tener problemas para respirar, y mi corazón comenzó a acelerarse más de lo que nunca lo había sentido. Mis piernas de repente comenzaron a dolerme muchísimo, a debilitarse, tenía dificultad para controlarlas, y literalmente me arrastré hasta la línea de meta.

Mary, mi esposa, estaba allí en la carrera ese día. Ella me dijo después "Parecía que tenías las piernas rotas o como si te hubiera atropellado un automóvil. Parecía que no controlabas tus piernas".

Cuando crucé esa línea de meta me caí al suelo, echando espuma por la boca, con el corazón latiendo con fuerza y sintiendo que me faltaba el aire. El entrenador me acercó a los aspersores y me empaparon de agua, pero eso no me ayudaba. Yo no lo sabía en ese entonces, pero los músculos de mis muslos habían experimentado un gran trauma debido a un golpe de calor. Literalmente, ¡los músculos de mis muslos ardieron! Eso liberó mioglobina (proteínas de los músculos) en mi flujo sanguíneo.

Al otro lado de la calle estaba el hospital Ciudad de la Fe. Me subieron a la parte trasera de un automóvil y me llevaron a urgencias. Todos los médicos y enfermeras estaban fuera mirando una gran tormenta que se aproximaba. Me echaron un vistazo y me llevaron al interior en silla de ruedas. Estaba totalmente empapado, pero no de sudor. Parecía que solo estaba sobrecalentado, pero el agua era de la ducha que me había dado mi entrenador con la manguera. Estaba caliente y seco por dentro. La enfermera me tomó la temperatura y llamó al médico a gritos ... tenía 42° C (108° F) ¡y subiendo!

Ella sabía, igual que yo (aunque admito que no pensaba con mucha claridad en ese momento), que las temperaturas corporales de 41° C (107° F) o más producen daños celulares, y los órganos internos pueden cerrarse. Esto puede ser mortal.

Ella gritaba buscando al médico de urgencias. Yo tartamudeé: "Pongan vías intravenosas en ambos brazos".

Ellos lo hicieron, y me ocurrió la cosa más extraña. Cuando esos líquidos intravenosos comenzaron a entrar en mis venas, los poros de mi piel se abrieron y la transpiración salió a chorros como si fuera un sistema de riego en miniatura por todo mi cuerpo. Mary también lo vio. Dijo: "El agua salía disparada a unos tres centímetros (dos pulgadas) por todo tu cuerpo. Me llegó a asustar".

Finalmente, mis mini aspersores se cerraron y mi cuerpo comenzó a absorber los líquidos intravenosos. Los médicos pensaron que simplemente había hecho un ejercicio excesivo y como resultado había sufrido un agotamiento por calor, y por esa razón me enviaron a casa. Una vez en casa, al poco de llegar tuve que ir al baño. ¡Mi orina era del color del café!

¡En ese momento me preocupé mucho!

Fuimos de nuevo al hospital y esta vez me diagnosticaron un golpe de calor, una enorme rabdomiólisis y fallo renal agudo. Los músculos rotos de mis muslos liberaron la proteína muscular mioglobina, que era tóxica para mis riñones, y todo eso lo estaban intentando filtrar mis riñones, y de ahí el fallo renal agudo. Mis niveles de CPK (creatina fosfocinasa) que monitoreaban una enzima muscular eran los más altos que el personal médico había visto jamás.

Cuando los músculos se rompieron, mis piernas se hincharon, lo cual me causó un dolor extremo, y después los músculos se encogieron. Todo esto mientras el personal médico me mantenía con el máximo flujo de líquidos intravenosos para que mis riñones no se cerraran, pero mis piernas seguían encogiéndose cada vez más. Los que antes eran muslos musculosos ¡parecían más delgados que mis brazos! Como varón, eso era desalentador y embarazoso.

La apariencia, no obstante, no era el peor de lo problemas. Los médicos pensaban que no podría volver a caminar.

Tras hacer una biopsia de los músculos de mis muslos, donde tomaron una muestra del músculo de la pierna desde la capa de mi piel hasta el hueso, el reporte llegó unos días después. En vez de decírmelo directamente, hablaron primero con mi esposa Mary. "Nunca podrá volver a caminar", le explicaron. "Sus músculos están necrosados, o muertos, del todo ... todas las capas, hasta el hueso".

Ella les dijo que no me lo dijeran en ese momento porque sabía que yo estaba en un lugar delicado emocionalmente, y ella sentía que una mala noticia destruiría mis esperanzas. Ella me dijo más adelante: "Tu personalidad es de tipo A, así que no me imaginaba verte en una silla de ruedas toda la vida".

Pero los médicos me lo dijeron igualmente. Mary estaba furiosa y les dijo: "¡Están todos despedidos!".

"Mary", argumenté yo, "tú no puedes despedirlos; ellos son mis profesores".

Eso era cierto. Como yo estaba en una universidad médica, mis médicos eran también mis maestros. Mary y yo discutimos y ella salió de la habitación dando un portazo. En el elevador, cuando se disponía a bajar, todo cambió.

"No solo estaba enojada con los médicos, sino que me estaba tambaleando por los múltiples golpes", explica Mary. "Desde una carrera que no era la gran cosa solo unos días atrás hasta un fallo renal agudo y que Don estuviera en silla de ruedas y después posiblemente no pudiera terminar la carrera de medicina, ¡todo se estaba desmoronando de forma muy rápida!".

Respirando hondo, comenzó a orar. "Fue entonces cuando oí la voz del Señor hablar claramente a mi corazón", dice ella. "En mi corazón, oí: 'Correrá y no se cansará; caminará y no se fatigará"'.

Volvió a pulsar el botón del elevador para subir a mi planta y entró caminando con expresión resuelta en su rostro. Nos dijo a mí y a todos los demás en la sala: "El hombre ha dicho que no caminarás, pero Dios ha dicho que sí lo harás".

Eso hizo que mi fe y mi esperanza regresaran. Supe de algún modo que volvería a caminar de nuevo y que de algún modo terminaría la carrera de medicina. Siempre he dicho que la fe y la esperanza son vitales cuando las personas experimentan problemas de salud. Ahora era mi turno no solo de creer, sino también de vivirlo.

Finalmente, me dieron de alta del hospital. Me enviaron a casa en una silla de ruedas. Mis piernas eran extremadamente delgadas. Había muy poco músculo en mis huesos. Ni siquiera podía sostener mi propio peso y tenía que usar mis brazos y mi silla de ruedas para moverme.

Mientras meditaba en la palabra de fe, comencé a dar unos pocos pasos y después unos pocos más. Me dolía mucho, pero poco a poco comencé a caminar. Semanas después volví caminando al hospital. Todos los médicos y enfermeras aplaudieron y estaban asombrados. Habían dicho que nunca volvería a caminar, que el tejido estaba muerto; pero los músculos comenzaron a crecer y a sanar. Yo era, de forma literal, un milagro andante.

Tras terminar la carrera, me mudé al centro de Florida, donde comencé mi programa de residencia en práctica familiar, que era trabajar tres años con otros médicos antes de poder abrir mi propia consulta privada. Después en 1987, comencé mi propia consulta de medicina familiar.

EL ÚLTIMO PALITO

Tener mi propia consulta médica significó estar de guardia todas las noches, trabajar muy duro y tener que empezar a pagar mi préstamo universitario. También me había comprado un automóvil nuevo y una casa nueva, y abrí una consulta nueva.

Me encantaba la práctica de la medicina. Siempre quise ser médico, ayudar a la gente, y esta era mi oportunidad. Y lo mejor era que no estaba atado a una silla de ruedas. Estaba caminando y con salud. Era un sueño hecho realidad, y aunque era intenso, ¡lo estaba disfrutando mucho!

Como había estudiado nutrición y psicología mientras estudiaba medicina, me resultaba natural ayudar a mis pacientes con su salud, además de recetar medicamentos.

Perder peso era, y aún es, una gran necesidad entre muchos de mis pacientes. Daba muchas clases de consejos dietéticos a mis pacientes. Ellos entraban y yo les enseñaba cómo hacer la compra, cómo cocinar y cómo salir a comer a los restaurantes (usando los propios menús de los restaurantes) y a comer saludable. Incluso les acompañaba al supermercado y les enseñaba a elegir los alimentos de forma sana. Estábamos a finales de los años ochenta y estábamos teniendo un gran éxito con el programa de pérdida de peso.

Una vez por semana teníamos una reunión de grupo. Era una gran fuente de dar cuentas y de entrenamiento. Estábamos consiguiendo unos resultados magníficos, y la noticia se extendió rápidamente de boca en boca.

Una de mis pacientes con sobrepeso, que había seguido la dieta, tenía programada una cirugía de rodilla artroscópica. Le dije que dejara la dieta de antemano, pero decidió no hacerlo. No era muy importante, al ser una operación sencilla en un centro ambulatorio.

Tres días después de la operación de rodilla, mientras hacía un esfuerzo durante un movimiento intestinal, sufrió un gran derrame cerebral. Sobrevivió, y cuando salió del hospital, su esposo demandó al ortopedista, al hospital, al anestesiólogo ... ¡y a mí!

Yo no sabía nada sobre demandas en ese entonces, pero ella me demandó para recibir una indemnización de medio millón de dólares, que era el límite de mi seguro de negligencia profesional. Solo llevaba un año con mi consulta, lo cual significaba que tenía gastos de personal, renta, costos de establecimiento, préstamo de estudios, mi propia hipoteca y un automóvil. Me enteré después de que la razón por la que me demandaron fue porque tenía una póliza de seguros estupenda.

Así que seguimos con toda rapidez. La consulta estaba tomando velocidad, y eso era lo que necesitábamos. Una reportera local me llamó y me pidió filmar lo que estaba haciendo con nuestro programa de pérdida de peso y entrevistarme.

¡Esto era una gran noticia! Todo el centro de Florida nos escucharía. Más alboroto y más conciencia; era perfecto.

La reportera llegó a nuestra reunión regular de pacientes; algunos habían perdido 10 kilos (20 libras), otros habían perdido hasta 35 kilos (70 libras). Ellos grababan mientras hablábamos de menús y también sobre los alimentos que podíamos pedir en los restaurantes. Después la reportera habló y dijo, mientras las cámaras grababan: "Háblenos sobre la paciente que estaba haciendo su dieta y que tuvo un derrame cerebral".

Se abrió el telón. ¡Fue entonces cuando supe que me habían tendido una trampa!

Resultó ser que el abogado de la paciente que sufrió el derrame era amigo de la reportera. Probablemente averiguó que la forma más rápida de atraparme era amenazar con sabotear mi consulta. No tenían caso contra mí, y él lo sabía, pero eso no le detuvo de mentir y engañar.

La amenaza estaba ahí: iban a darle un "seguimiento" a mi historia, más bien a publicar la historia de cómo me quedé sin consulta, si no hacía que mi compañía de seguros pagara la mala praxis. ¿Se imagina intentar desarrollar una consulta en una ciudad donde todo el mundo cree que usted casi mató a uno de sus pacientes? Eso podría realmente acabar con mi nueva consulta. Eso me cortaría por completo las piernas tras llevar tan solo un año ejerciendo.

Me habían traicionado. Le dije a Mary: "Lo voy a perder todo". No dormí durante días. Lidiaba con la depresión diariamente. Decir que estaba estresado sería suavizarlo mucho. Mi anterior golpe de calor casi destrozó los músculos de mis piernas, y ahora la demanda era un gran golpe emocional para mi alma.

Curiosamente, mi consulta realmente estaba creciendo durante ese periodo, pero yo sentía que todo estaba colgando de un hilo.

Finalmente llamé a un amigo que era abogado y le dije que resolviera el caso, y lo hicimos. No debería haberlo hecho nunca, y no lo haría hoy, pero quería acabar con ese asunto antes de que lo destruyera todo. Sabía que estar en las noticias sería malo, porque solo llevaba ejerciendo pocos años.

Fue descorazonador, pero la compañía de seguros pagó la injusta demanda y seguimos adelante. Mary fue un apoyo tremendo, pero ambos sentíamos el peso del aumento de la carga financiera añadida a nuestras vidas ya de por sí aceleradas y sobrecargadas.

Era libre. Tras dejar atrás el asunto legal, estaba listo para seguir avanzando. ¡Lo que no sabía era cuán lejos estaba realmente mi libertad!

RESULTADOS INESPERADOS

Era una mañana normal en Florida, casi un año después de la demanda, con el sol asomándose sobre los pinos. Tenía mucho trabajo que hacer en la consulta y ese día sería otro día ajetreado.

Bajé una pierna de la cama y eché un vistazo. ¡Tenía la pierna muy enrojecida! Mi brazo estaba igual de rojo. También mi otro brazo. Me apresuré a mirarme en el espejo del baño. Todo mi cuerpo, salvo mi cara, estaba cubierto de una erupción roja que me producía mucho picor.

Lo primero que pensé fue que era sarna. Me puse la loción para tratar la sarna, y después me lavé como está indicado, pero mi condición empeoró más. El picor era más intenso ¡y mi piel cada vez estaba más roja!

Durante semanas, probé todas las lociones que llegaban a mis manos. Nada funcionaba. Empecé a vestir camisas de manga larga y guantes de látex para no asustar a mis pacientes. ¿Quién quiere que le trate un médico enrojecido, con sarpullidos que parecían contagiosos?

REVELACIÓN

¡Haría cualquier cosa por recuperar mi salud! La mayoría de nosotros también tenemos que llegar a este punto.

Finalmente, después de un mes, concerté una cita con un amigo que era un dermatólogo muy reconocido. ¡Necesitaba ayuda!

En la sala de examen, él me chequeó, después me miró por encima de sus lentes y dijo de forma rotunda: "Lamento decírtelo, Don, pero padeces la angustia de la soriasis".

Yo tartamudeé: "Pero eso es imposible. Yo siempre he estado bien y nadie de mi familia ha tenido soriasis".

Su seca respuesta fue: "No me importa lo que creas; aún así lo tienes".

Como no hay una cura para la soriasis, y mucho menos una píldora mágica, abrió su libreta y me mandó una receta para alquitrán de hulla. El alquitrán de hulla es un ungüento color naranja que huele como el asfalto. ¡No es un tratamiento muy amigable con los pacientes si lo lleva puesto un médico!

Me unté el ungüento naranja y regresé a trabajar. "¿A qué huele?", preguntaban mis pacientes extrañados.

Me picaba y me rascaba mientras explicaba a mis pacientes el porqué del hedor, pero mi frase de "pero no es contagioso" no ayudaba mucho. La manga larga y los guantes de látex se convirtieron en algo esencial. Me sentía miserablemente mal, y el ungüento naranja manchaba mi ropa, el automóvil, nuestras sábanas y nuestras toallas ... ¡todo!

Es más, la piel se me pelaba, tanto que parecía una serpiente mudando la piel. En mi caso, era algo constante, de la cabeza a los pies, picores, rascarme y caída de la piel. Dicen que entre el 70-90% del polvo en el hogar está compuesto por células muertas de la piel. A mí me parecía que yo era el único responsable de esa estadística.

El picor y la erupción a veces eran insoportables. No hice fotos, pero si le pregunta a Mary, ella con gusto le diría lo malo que era mi aspecto. Me llamaban en casa "Picar y rascar".

Después de seis meses soportando esta locura, le dije al espejo de mi cuarto de baño: "Tiene que haber una manera mejor ... ¡estoy seguro de que este no es mi futuro!".

Ciertamente esperaba que hubiera una respuesta ... en algún lugar.

CHAPTER 2

MI VIAJE

El Capítulo Dos es mi momento "de revelación", cuando mis ojos se abrieron a las inesperadas propiedades sanadoras y dañinas de los alimentos. También detalla mi búsqueda apasionada de respuestas. Cuando uno está listo, como yo lo estaba, para hacer cualquier cosa para volver a estar sano, ¡es cuando las cosas se ponen interesantes! Las respuestas que finalmente encontré le sorprenderán y le animarán.

Don Colbert, MD

DEJE QUE LOS ALIMENTOS SEAN SU MEDICINA

MI SORIASIS CONTINUABA CON TODA SU FUERZA, pero me di cuenta de que si me saltaba algunas comidas porque estaba ocupado, el picor era considerablemente menor. O si bebía solo agua o hierba de trigo en el desayuno, me picaba mucho menos. Incluso un baño en el océano, el agua salada, y la luz del sol parecían hacer disminuir la erupción y el picor.

(Continues…)


Excerpted from "Deje Que Los Alimentos Sean Su Medicina"
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Copyright © 2016 Don Colbert, M.D..
Excerpted by permission of Worthy Publishing Group.
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Table of Contents

Prefacio,
Introducción,
SECCIÓN UNO: En busca de respuestas,
1. Caído pero no eliminado,
2. Deje que los alimentos sean su medicina,
3. Una vida antiinflamación,
4. La mejor dieta para la salud y la prevención de la enfermedad,
5. Perder peso para siempre,
SECCIÓN DOS: Aplicando las respuestas,
6. Cómo vencer las enfermedades cardiovasculares con la Dieta Mediterránea modificada,
7. Cómo vencer la artritis y las enfermedades autoinmunes con la Dieta Mediterránea modificada,
8. Cómo vencer la diabetes tipo 2 con la Dieta Mediterránea modificada,
9. Lucha contra el cáncer (etapas 1-2 y 3-4) con la Dieta Mediterránea modificada,
10. Cómo vencer la demencia y el Alzheimer con la Dieta Mediterránea modificada,
11. Cómo vencer el TDAH y el autismo con la Dieta Mediterránea modificada,
12. Cómo vencer la enfermedad mental con la Dieta Mediterránea modificada,
Conclusión,
Siguientes pasos,
Apéndices,
Apéndice A: Plan de comidas de 21 días,
Apéndice B: Lista de la compra – Productos básicos,
Apéndice C: Pesticidas en frutas y verduras,
Apéndice D: Mercurio en lista de pescados,
Apéndice E: Test Alcat,
Apéndice F: Suplementos,
Apéndice G: El gluten está en todas partes,
Notas,
Acerca del autor,

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